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Ser mapuche y feminista: la piedra en el zapato de la tradición

Marié Urrutia Leiva*

(N°31, Junio) 

Ocuparse y preocuparse de la presencia de la mujer mapuche en la presente y futura agencia desarrollada en el pasado y presente, siempre ha resultado ser un ejercicio problemático e incómodo, más aún si éste se ejerce desde perspectivas feministas. Es cuestión de reflexionar en torno a frases cotidianas: ‘‘si eres feminista no eres mapuche’’, ‘‘el feminismo es una ideología winka, no es mapuche’’, ‘‘nosotros somos mapuche, somos dualidad’’ o el típico, ‘‘no dividas la lucha mapuche. Primero hay que llegar a la autodeterminación’’.

Hay una frase que llama profundamente mi atención. Es aquella que se refiere a la posición de superioridad de la pureza mapuche -si es que esto existiera-  por sobre un mapuche supuestamente awinkado/da. Recordemos que la expresión awinkado refiere a una idea peyorativa para nombrar aquello que dejó de ser propiamente mapuche. En resumidas cuentas, el awinkamiento se produciría por el abandono de prácticas tradicionales mapuche y la adquisición de quehaceres occidentales. Quien cataloga las purezas raciales domina la relación de poder entre un cuerpo más o menos mapuche.

Entrar en esas categorizaciones es un juego lamentable para el movimiento político mapuche, pues algunos se sienten con derechos de decidir abiertamente qué es propiamente mapuche y qué no lo es. Aún más, se siente con la capacidad de decidir si una mujer es o no mapuche por ser feminista. Este juego de poder me lleva a recordar el mismo ejercicio de Sergio Villalobos, quien por medio de la justificación de la pureza racial indicaba que los mapuche no existirían pues ocupan zapatos, celulares y refrigeradores, artefactos de uso occidental y no ‘‘propiamente mapuche’’. A veces sin darnos cuenta, los juicios de valor se convierten en aquello que por años rechazamos, y que repetimos para evaluar lo propiamente mapuche.

Cuando una mujer mapuche se auto reconoce como feminista de inmediato se encienden las alarmas de la pureza y tradición mapuche. Por un lado, podemos comprender que hay un recelo hacia el feminismo liberal, pues éste desea salvar a la indígena del yugo patriarcal, un feminismo blanco-liberal que sólo nos ocupa para ser la última en hablar en un foro o somos la que ocupamos la silla del folclor dentro de sus organizaciones. Compartimos la crítica, pero no por eso dejaremos de cuestionar las violencias patriarcales que nuestros propios lamngen ejercen sobre nosotras.

En algunas ocasiones podemos escuchar cómo se escudan en la cosmovisión mapuche de la dualidad para señalar que dentro del mundo mapuche no se comprende el hombre sin la mujer, que ambos son importantes, y que, por lo tanto, el feminismo no tendría cabida en lo mapuche.  Esto suena muy bien en el mundo de las ideas, un mundo casi mágico e ideal, pero en la praxis la cuestión es distinta, las mujeres en espacios urbanos y rurales continuamos siendo violentadas por el Estado, por la pobreza, y por nuestros hermanos.  Lamentablemente, como mujer mapuche, no veo la dualidad cuando el lamngen abusa de la ñaña, o cuando Venancio Coñoepan trató de ramera a Zoila Quintremil.

Para materializar lo anteriormente dicho, me gustaría traer a colación la influencia de la izquierda chilena en el movimiento mapuche contemporáneo, las ideas de revolución, nuevo hombre que acuñan dirigentes político mapuche. El caso de Héctor Llaitul es ilustrativo, una mezcla identitaria entre el ‘Che’ y Leftraru que propone enfáticamente que la autonomía mapuche debía ser si o si de carácter revolucionaria.

El problema no son las definiciones que entrega Llaitul a la hora de pensar en el guerrero mapuche o en la estrategia política para llevar adelante a la autodeterminación. El problema es que no se cuestiona qué tan mapuche es hablar de revolución, siendo éste un concepto abiertamente occidental. Pareciera ser que los ancestros duermen y no escuchan cuando hablamos de revolución, políticas de clase o partidos políticos dentro del Movimiento Mapuche, pero extrañamente Tren Tren y Kay Kay despiertan, encendiendo el radar de lo occidental cuando comenzamos a hablar práctica mapuche feminista. No sé si es una cuestión de voluntad, casualidad o simplemente responde a la internalización que tenemos en nuestras mentes de las lógicas coloniales y patriarcales.

Me pregunto, sin una respuesta clara, ¿hasta cuándo nos ampararemos en el discurso de la pureza mapuche para legitimar violencias coloniales, violaciones sexuales, maltratos hacia la mujer y prohibiciones ancestrales que nos excusan de la agencia política y nos relegan exclusivamente al rol de cuidadora de la cultura en el fogón?

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*Licenciatura en Historia. USACH.